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Nos Hemos Hecho Isleños

Nos hemos hecho isleños

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A mi alrededor veo dos colores: verde y azul. Los cerros están llenos de árboles de anacardos y caucho. También hay alguna palmera. Por encima de todos los árboles verdes está la casa y detrás de ella un infinito Mar de Andamán. En este momento es de color turquesa, igual que el cielo. El viento roza mi cara y los perros tumbados a mi alrededor roncan delicadamente, durmiendo tranquilos y a gusto. Es mediodía y aunque en teoría es la época del monzón, el sol quema y al cielo lo decoran sólo algunas bonitas nubes. 

staliśmy się wyspiarzami

Vistas espectaculares de nuestra terraza

Cuando siento en mi cara el roce del viento y me escondo del sol bajo el techo en la terraza, al instante olvido todo el sudor que cae por mi cuerpo cada vez que subo andando al cerro. El camino que lleva hacia la casa está lleno de arena y piedras así que es imposible llegar con moto. La dejamos abajo y subimos andando una cuesta empinada. Hace tiempo era un camino transitable, pero el monzón del año pasado lo dejó hecho polvo. A veces maldigo cuando subo con la compra, sudando como una cerda, cansada y con mucho calor. Pero cuando oigo los primeros aullidos y ladridos, se me pasa todo. Cuando veo los morros sonrientes de los 21 perros que viven en la casa del cerro, me olvido de todo lo malo. Lo que cuenta es lo que hay. 

La puesta del sol es todo un espectáculo

Cuando les veo a todos corriendo hacia mí con caras de alegría y amor, me siento una persona muy privilegiada. Si hace un año y medio no me hubiera decidido a poner rumbo a mi vida, nunca hubiera llegado a esta isla pequeña y no hubiera cumplido mi pequeño sueño: (por lo menos durante algunas semanas) vivir rodeada de perros, lejos de todo y de todos. Ahora mi vida tiene una rutina. Cada día es más o menos igual, pero eso no me cansa ni me aburre. Todo lo contrario. Y aprecio esa rutina.

Y sí. Entendiste bien. Son 21. Perros, por supuesto. Sólo dos han venido de fuera, para ser precisa, de Dinamarca con su dueña. Los otros 19 son perros callejeros de la isla que han ganado en la lotería. Cada uno tiene su historia. Algunos se han hecho nuestros amigos rápido, otros necesitaron más tiempo. El desconfiado No Name y Flip Flop, el macho alfa, tardaron dos días para dejarnos que les acariciáramos. Ahora en vez de ladrar (Flip Flop) y huir (No Name), se nos acercan moviendo las colas y pidiendo caricias. 

Flip Flop es el jefe aquí. Alto con pelo blanco y piel rosa se distingue por su tranquilidad y… por la mancha negra alrededor del ojo. Le vendría mejor el nombre de “Pirata”, pero como sentía gran debilidad por las chanclas (flip flops en inglés), pues terminó siendo Flip Flop. El segundo al mando es No Name. Blanco y muy guapo vigila todo a distancia, pero siempre está al lado cuando hace falta. Hay dos aspirantes al puesto de mando, Max y Bob, pero no tienen ni la menor posibilidad de avanzar. Sabem muy bien quien es el jefe. No obstante, cuando en el horizonte aparecen los monstruos (así les llamo yo), todos pierden la cabeza. Los monstruos son cuatro cachorros que aparecieron cuando su mamá, Skinny, se quedó preñada (antes de que la esterilizaran). Tres chicos y una chica. Muy dulces, pero al mismo tiempo volcanes de energía. No les importa nada ni nadie. Ni siquiera le tienen miedo a Flip Flop. Entre los monstruos está mi favorito, Sock, que al mamar ha cogido una enfermedad de piel y en vez de un pelo agradable y suave tiene la piel seca y arrugada. Es un cachorro muy dulce. Cuando corre hacia mí, todo su cuerpo demuestra alegría, desde el morro abierto y sonriente hasta la punta de la cola. Su hermana Leti es también un encanto. Delicada y sutíl con el pelo muy suave y el rostro dulce. En la manada hay un quinto cachorro, Possom. Pequeñito, bonito y con ojos negros. Cuando te mira con estos ojos enormes, le perdonas todo en un instante. Por supuesto como cualquier cachorro es un pequeño cabrón que muerde todo. 

Aquí todo gira alrededor de los perros. Son lo más importante y probablemente por eso me siento tan bien. Desafortunadamente no todo es de color rosa. Koh Phayam es una isla pequeña. No hay mucho trabajo aparte del turismo y un poco de pesca. A menor escala la gente recoge anacardos y caucho. Todos los productos llegan de tierra firme y en la isla quedan… perros. Un montón de ellos. Es un problema muy grande que no tiene solución fácil. Los habitantes mayormente ignoran el problema. Dos veces al año viene un veterinario que esteriliza y castra a los animales que encuentra. Algunos se quedan en casas de la gente local. En temporada alta hay mucha gente en la isla. Funcionan hoteles y restaurantes. Eso significa comida para los animales. Pero cuando la temporada acaba, la gente vuelve al continente y los perros se quedan sin comida y sin casa. A veces son manadas y a veces familias (madre con cachorros). Llevan una vida de vegetación en las playas abandonadas, muriéndose de hambre. Los habitantes que viven en la isla todo el año apartan la mirada. Para ellos lo mejor sería si los perros desaparecieran en la jungla tropical. Así que damos de comer a los cachorros, haciando viajes por la isla. Esto no soluciona el problema, solo lo aplaza en el tiempo. Los cachorros crecerán, habrá luchas por el territorio. Hay esperanza. Pequeña, pero la hay. Son personas como Cristina, dueña de la casa donde vivimos. Aparte de dar comer, esterilizar y curar a los animales, intenta sensibilizar a la población local; enseñarles que los perros no son nuestros enemigos, sino nuestros amigos. 

Los próximos días llevaremos una vida aburrida de isleños. Los perros son nuestra mayor atracción. Su comportamiento, juegos, personalidades y temperamentos; gratitud y amor en sus ojos. Apreciaremos las puestas de sol y las estrellas en el cielo. Cazaremos la marea alta y nos bañaremos en el mar. Vamos a sonreír cuando mi pelo esté desordenado por el viento que sopla cuando vamos en moto a dar de comer a los cachorros en la playa. Iremos inventando platos nuevos de cuatro o cinco verduras disponibles en la isla. Por el momento no necesitamos nada más.


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Kasia

Cocinera, panadera y repostera por pasión. Amante de todos los gatos y los perros. Abierta, habladora y a veces hiperactiva. Graduada en Filología hispánica y doctorada en Sociología. Muy organizada, probablemente, gracias a la manía de ponerlo todo por escrito en miles de listas, de acuerdo con la máxima „lo que está en papel, no está en la cabeza”. Rápidamente se pone de mal humor cuando tiene hambre 😉

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