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Maps.me VS. Perderse

Maps.me VS. perderse

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Cuando nos cruzamos con otras personas y hablamos de los sitios en los que hemos estado, lo que hemos hecho, lo que aconsejamos, siempre surge la palabra perderse. En muchos de mis post también utilizo mucho esta palabra. Perderse por las pequeñas calles, perderse por zonas no turísticas para ver un poco de las vidas de sus habitantes, salir de los “guetos turísticos” para perderse y encontrar la verdadera alma del lugar donde nos encontramos. El lugar que queremos conocer, no el que nos quieren mostrar a los extranjeros.

Aquellos maravillosos años

Corría el año 2008 cuando conocí a Kasia y viajamos juntos por Perú, Brasil, Argentina y Chile. No había smartphones, ni tablets, ni Wi-Fi sino cibers o locutorios. Pocos tenían lap-top y menos aún viajaban con él. Yo, como mucho, tenía un libro-guía del país.

Eran aquellos años en los que al llegar a un nuevo lugar, había que buscarse la vida preguntando. No teníamos habitación reservada, ni sabíamos donde había un hostal. Para ir de un lugar a otro teníamos que preguntar en las estaciones de bus y cuando no había autobuses para ese lugar, comprábamos para algún otro sitio a mitad de camino sin saber que nos encontraríamos allí. ¿Habrá transporte para el siguiente lugar? ¿Habrá donde dormir? ¿La estación está en la ciudad o a diez kilómetros en las afueras?

Perderse

Pensarás que era una locura pero a mí me encantaba así. No contaba con nada porque no sabía que me iba a encontrar. Sólo pensaba que lo peor que podía pasar era tener que dormir en la estación, en la calle o en un parque y nada de eso me parecía una tragedia.

Perderse

Viajábamos como podíamos porque así lo queríamos. No nos preocupábamos por hacer fotografías de todo lo que nos gustaba sino que lo disfrutábamos con nuestra propia vista como hicimos en Bagan.

Bagan sin turistas

Viajar hoy

Perderse. Gracias a (o por culpa de) la tecnología de hoy en día, ya no es posible. Andamos pegados a nuestros dispositivos con guías en versión electrónica o Maps.me cuando no tenemos conexión. Compramos tarjetas SIM de cada país que visitamos para colgar lo que estamos haciendo y lo que estamos viendo en las redes sociales. A veces parece que nada importa si no lo compartes en las redes. Te recomiendo leer un artículo escrito hace algunas semanas por Iker Armentia en el Diario.es, seguramente te hará pensar en cómo es nuestra vida ahora.

Yo no tengo smartphone y siempre presumo de ello diciendo que soy feliz así. El porqué de que yo no tenga es simple, Kasia tiene y para orientarnos al llegar a lugares nuevos es suficiente con uno.

El problema llega cuando queremos perdernos o a mí me parece que yo quiero porque Kasia no puede evitar mirar el teléfono para comprobar donde estamos.

– ¿Qué más da? – le digo siempre un poco disgustado. – Disfruta del momento y del lugar en el que estamos.

– Sólo quiero ver dónde estamos – me contesta Kasia enfadada conmigo.

A veces vamos por una calle o camino o sendero en los que no hay más dirección que la que llevamos o la contraria. No hay desvíos ni bifurcaciones. Entonces ¿qué sentido tiene mirar el teléfono para saber dónde se está? Ninguno pero lo hacemos.

Tener acceso a Internet nos facilita muchas cosas. Gracias a algunas páginas puedes reservar donde dormir, comprar billetes de autobús o de tren por adelantado. Se puede buscar en millones de páginas qué ver, qué hacer, cómo llegar y salir, dónde y qué comer y beber, dónde dormir, dónde tomarte un café o dónde ir a mear porque es el baño más limpio…

Perderse

Para mí también nos quita alicientes importantes de viajar: gran parte de la aventura del viaje, la improvisación, las sorpresas al llegar a un nuevo lugar, el trabajo de buscar lo que necesitamos, preguntar a la gente del lugar, tener que buscarse la vida.

Las diferencias reales

A lo largo de este viaje he hablado/discutido con Kasia sobre como viajamos ahora y como viajábamos cuando nos conocimos. Yo quiero viajar más como antes y ella tiene teléfono (mi viejo Nokia no cuenta).

Antes (en el 2008) no llevábamos todas las cosas para acampar donde quisiéramos y ser más independientes. Aún así nos dejábamos llevar sin saber lo que nos esperaba.

Desde Polonia hasta antes de llegar al Sudeste Asiático hemos cargado con todo el material de acampada y lo hemos utilizado pero no nos hemos lanzado tanto a la aventura como hicimos por Sudamérica hace casi diez años.

Quizás a ti no te lo parezca pero ahora planificamos muchas cosas y no son siempre por la duración del visado. No practicamos el deporte mochilero más popular: buscar el lugar más barato con la mochila a cuestas. Tampoco tenemos ganas de pasar cada noche en el dormitorio más barato o en la primera habitación que encontremos.

Ahora que estamos por el Sudeste Asiático echo de menos las etapas anteriores. Incluso alejado del “Banana Pancake Circuit” todo es tan fácil, organizado. Trillado antes por millones de personas antes que nosotros. En la mayoría de los alojamientos por una comisión ofrecen billetes de bus, transporte a la estación y, al llegar a tu destino, transporte al hotel o al centro de la ciudad. El único problema son esas comisiones que llegan a ser excesivas y los que no se dan cuenta y las pagan haciendo que incrementen de un año para otro.

La tecnología en la vida como en el viaje es un círculo vicioso. Una espiral que nos atrae con sus ventajas y que no dudará en engullirnos como un agujero negro sino mantenemos una distancia de seguridad. Una desconexión. Un contacto con el mundo fuera de la pantalla.


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Víctor

Atípico español, que no aguanta los toros, el fútbol, el flamenco y el calor. Le encanta el invierno y la cerveza fría. Profesor de español de vocación. Un cabezota que siempre tiene su opinión. Manitas comparable a MacGyver, con cinta, cuerda y un cuchillo arregla casi todo y con pegamento, todo. Cuando coge un libro, el mundo no existe. Bueno, lo mismo pasa si se pone a acariciar a perros y gatos. Se levanta y se despierta al mismo tiempo. Vamos, un tipo majo 😀

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