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Olivares, Gasolineras Y Hospitalidad

Olivares, gasolineras y hospitalidad

Abandonar una ciudad que te ha gustado tanto no es nada fácil pero así es la vida y tenemos que continuar con nuestro viaje y Turquía es enorme. Así que cogimos un ferry en Estambul y cruzamos el Mármara durante casi dos horas hasta Mudanya. Llegamos a mediodía y pedaleamos y empujamos las bicis por infinitas curvas subiendo y bajando, eso sí rodeados de olivares con vistas a acantilados y pequeños pueblos costeros. Al final de la jornada encontramos un campo de olivos más o menos plano donde plantar la tienda y, contentos, cenamos y nos fuimos a dormir.

A la mañana siguiente se estaba tan bien en nuestro olivar privado que se nos pegaron las sábanas (en nuestro caso los sacos de dormir) y no nos movimos hasta las diez pasadas. Cruzamos cientos de campos de olivos, en muchos de ellos estaban recolectando, ¡en algunos a mano! Sorprendentemente, hay muchas tierras en venta con y sin olivos. Al cabo de unas horas las pequeñas carreteras dan paso a una nacional, la D200, completamente recta y con un arcén más ancho que los carriles solo para nosotros. Al caer la tarde paramos en el bar de una gasolinera para inspeccionar los alrededores en busca de un sitio para acampar y lo encontramos. Pasamos la tarde calentitos en el bar bebiendo té y acabamos cenando sendos platos de carne con verduras. Al empezar a recoger para ir detrás de la gasolinera para acampar, el personal del bar preocupado por nosotros, nos dice que no vayamos en bici por la noche y, con gestos, les explicamos que vamos a acampar a unos cien metros de allí para huir del ruido de la carretera. Todos tranquilos.

El tercer día no fue nada del otro mundo. Una carretera prácticamente recta rodeada de campos arados a la espera de la próxima siembra o pequeños pueblos ganaderos, sucios y pobres que parecen subsistir a duras penas. Al final del día subimos una pequeña ladera para acampar lejos del ruido de la carretera aunque había mucho viento y no fue cómodo para montar todo y para preparar la cena. El viento sopló toda la noche y se notaba que fuera hacía frío pero dormimos como niños.

Al día siguiente todo a nuestro alrededor estaba cubierto por una capa de hielo, incluido el doble techo de nuestra tienda por dentro y por fuera. Dentro estábamos a cero grados. Lo bueno: nuestros sacos han pasado la prueba de invierno. Decidimos salir sin desayunar y parar en la primera gasolinera que veamos para estar calentitos. Encontramos una a un par de kilómetros, nos tomamos un té, pedimos agua para nuestro termo y salimos al sol, que empieza a calentar, a desayunar pan con “nocilla” turca. Supongo que nuestro aspecto no es muy bueno después de tres días de pedalear, sin ducharnos y pasar la última noche bajo cero porque, al momento, nos traen un par de vasos de té por cortesía de uno de los clientes. Los turcos son así: increíbles como demostrarán más de una vez en breve…

Tuvimos una etapa montañosa pero corta (40 kilómetros) y sabiendo que nos esperaba una ducha y un techo bajo el que dormir, en Balıkesir, fuimos tranquilamente para llegar a las dos de la tarde. Al llegar resultó que nuestro Warmshower no era en una casa sino en una academia donde se preparan para oposiciones. En lugar de disfrutar de la esperada ducha caliente, nos enseñó la academia, hicimos una entrevista para un periódico, fotos y vídeo. Nos dieron de comer y nos hicieron bajar las bicis a la calle para hacer más fotos y más vídeos. Después de toda esta prueba de paciencia y al acabar las clases, la academia se vació y a las seis de la tarde pudimos ducharnos y ponernos ropa limpia. Por lo menos, nuestro Warmshower (Çağrı) nos ha hecho de traductor telefónico en más de una ocasión y le damos las gracias por todo desde aquí: Çağrı, teşekkürler.

Después de una sopa típica de Balıkesir (Tirit) para desayunar a la que nos invitó Çağrı salimos en una mañana fría, con niebla y sabiendo que nos esperan subidas durante dos días. Después de algunas subidas fuertes decidimos probar a hacer autostop pero la mayoría son camiones cisterna y desistimos. Seguimos subiendo hasta llegar a la primera bajada y paramos en una gasolinera abandonada para dejar de sudar, beber un té y abrigarnos para la bajada, entonces para un camión y nos pregunta si estamos bien o necesitamos ayuda. Kasia me mira alucinada y yo la miro igual y probamos suerte:

-¿nos llevas hacia la costa?

-Claro, voy hacia allí.

En lugar de dos días de pedalear por frías montañas, en menos de una hora nos dejaron en Havran; a apenas unos kilómetros de la cálida, aunque invernal, costa del Egeo. Pedaleamos hasta Burhaniye pero las pensiones estaban cerradas en esta época del año y en las que había alguien nos daban unos precios como si fueran hoteles. Continuamos hasta la playa y como hemos hecho otras veces pasamos la tarde en una cafetería donde aprovechamos Internet y cargamos los ordenadores. Al anochecer nos fuimos a la playa, montamos la tienda, cenamos y a dormir.

A la mañana siguiente nos fuimos por un laberinto de calles y pequeñas carreteras por la costa a través de casas de veraneo, grandes y lujosas casas y hotelitos en dirección a Ayvalik. Sabíamos que es un destino muy turístico para los turcos y por eso pensábamos encontrar precios para todos los bolsillos. Estábamos equivocados: los alojamientos baratos cierran en invierno y los de medio precio prefieren tener las habitaciones vacías que ganar, más o menos, un 60% que le ofrecíamos. En Turquía es imposible regatear o conseguir un descuento aunque sea para dos noches o quizás más y en invierno. Una pena porque nos habían hablado de un gran mercado que se celebra todos los jueves. En lugar de perder el tiempo buscando donde dormir salimos de la ciudad en busca de una playa desierta que encontramos al cabo de dos horas delante de un camping cerrado por fin de temporada pero con todas las instalaciones, excepto las duchas, disponibles. Incluso una especie de habitaciones hechas con plástico y techadas. Elegimos una, montamos solo el dormitorio, metimos las bicis y todas nuestras cosas y nos salimos a la mesa con bancos que teníamos delante donde cenamos cómodamente. Fue una noche perfecta: calentitos y protegidos del fuerte viento que sopló durante toda la noche y, desgraciadamente, todo el día siguiente.

Nos despertamos temprano pero nos quedamos en nuestra tienda-habitación dormitando y hablando hasta que por fin casi a las once nos pusimos en marcha con viento de frente. Pasamos todo el día luchando contra el viento sin un lugar donde descansar salvo en las gasolineras que nos invitaron a un vaso de té. Por una carretera recta y bien asfaltada íbamos como subiendo una montaña (plato 1 y piñón 1 o 2). A cada hora de lucha nuestras fuerzas se iban cogidas de la mano con nuestra moral. Pedaleamos casi cincuenta kilómetros en estas condiciones sin encontrar un buen sitio para acampar hasta que vimos unas gasolineras. Al parar en la primera y mirar a los lados un empleado nos hace un triángulo con las manos intentando decir si queremos acampar allí, le decimos que sí y nos invita a entrar en la sala de empleados donde el jefe nos dice que no podemos acampar porque hay mucho viento y frío pero que podemos darnos una ducha y dormir en la mezquita de la gasolinera. Todo eso con su inglés que se compone de problem y no problem. Dormir fuera, problem porque hace frío. Dormir en la mezquita, no problem. Dormir con la cabeza en dirección a la meca, problem; el resto de direcciones, no problem.

Alucinamos cuando justo en el momento en que estábamos metiendo nuestras cosas en la mezquita entra Enes, el jefe y se pone a rezar delante de nosotros. Le preguntamos si quiere intimidad, que podemos esperar un momento… no problem.

Después de ducharnos y con ropa limpia y volvemos a la sala y con el poco inglés que sabe uno de los empleados (Ahmed, jefe de prisiones retirado) y el traductor del móvil pasamos la tarde hablando con ellos de todo, incluido el asunto kurdo ya que, como Erkal (Couchsurfing en Estambul), Enes también es kurdo. Después de beber más vasos de té de lo que un europeo puede beber en toda una semana, Enes se fue a Pergamo a unos diez kilómetros y trajo la cena para todos. Después de devorarla y beber un par más de tés nos retiramos a dormir a la mezquita con una sonrisa de oreja a oreja y contentos de saber que de verdad hay gente buena y dispuesta a ayudar a cualquiera independientemente de sus creencias. Los turcos son así…

Después de una tarde-noche así, ducha caliente, dormir y recoger las cosas calentitos, sabiendo que nos espera una corta etapa y una Warmshower en Esmirna; salimos cargados hasta las orejas de energía positiva y con la sonrisa de la tarde anterior aún en la cara. Todo el mundo, incluidos algunos ciclistas nos desaconsejan entrar en la ciudad con las bicis y menos aún cargadas. Nos planteamos llegar hasta Aliaga y allí hacer autostop hasta Esmirna o coger el cercanías (Izban) pero hasta las ocho de la tarde no se puede subir con bici. Al salir de Aliaga vemos un puesto de la policía con sitio para que un camión pueda hacerse a un lado y recogernos y eso intentamos durante veinte minutos pero creemos que los conductores tienen miedo de parar junto a la policía de tráfico pero en ese momento se abre la ventana y una mano nos llama. Acojonado me acerco y el poli me dice que habla un poco de alemán, así que se acerca Kasia que lo estudió en el instituto. No hay bronca sino justo lo contrario, van a empezar un control en un rato y conseguirán que un camión nos lleve pero que mientras esperamos nos tomemos un vaso de té… La poli tarda diez minutos en tener un pequeño camión que nos llevará no solo hasta la ciudad sino hasta el barrio que queremos porque en Esmirna viven 5 millones de personas y los barrios pueden llegar a ser como otra ciudad. Durante el trayecto, el conductor nos ofrece tabaco, chicles, pipas (que vicio tienen con las pipas), cambia de marchas, fuma, escribe SMS o en Facebook o habla por el móvil mientras va haciendo eses entre los coches como un piloto de Fórmula 1. En varias ocasiones temo por nuestras vidas pero llegamos vivos con las bicis casi intactas (mi guardabarros trasero un poco roto) al barrio que queremos a apenas un kilómetro de la casa de nuestra anfitriona donde acabaremos pasando las fiestas con cena de Nochebuena incluida.

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Víctor

Atípico español, que no aguanta los toros, el fútbol, el flamenco y el calor. Le encanta el invierno y la cerveza fría. Profesor de español de vocación. Un cabezota que siempre tiene su opinión. Manitas comparable a MacGyver, con cinta, cuerda y un cuchillo arregla casi todo y con pegamento, todo. Cuando coge un libro, el mundo no existe. Bueno, lo mismo pasa si se pone a acariciar a perros y gatos. Se levanta y se despierta al mismo tiempo. Vamos, un tipo majo 😀

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