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Bulgaristán

Bulgaristán

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Bulgaristán. Así llaman los turcos a Bulgaria aunque no sé si es despectivo, lo sabré dentro de poco.

Cuando salimos de Vame Veche, nuestra última parada en Rumanía y cruzamos la frontera en pocos kilómetros el paisaje y la gente cambiaron radicalmente. De repente los campos eran verdes, paramos en una gasolinera y la gente nos sonríe y nos pregunta de dónde venimos. Demasiado perfecto. Poco a poco empieza a soplar el viento y acaba soplando exactamente en nuestras caras. Incluso cuando la carretera es llana, nos sentimos como si estuviéramos subiendo y nuestras fuerzas se escapan poco a poco. Estamos rodeados de molinos y bromeamos diciendo que no son molinos, que en realidad son ventiladores que crean el viento en nuestra contra pero de nada nos sirve: es más un cansancio psicológico ya que realmente no nos duelen las piernas, ni los músculos de ninguna parte del cuerpo pero la incomodidad que produce el viento de frente impidiéndote el avance nos mina las fuerzas. Conseguimos hacer 50 kilómetros hasta Kavarna donde decidimos buscar alojamiento.

Paramos delante de un bar donde podemos dejar las bicis fuera y tenerlas vigiladas mientras nos aprovechamos del Wi-Fi. Todos nos miran (creo que nos hacen alguna foto con el móvil), entramos y como buenos deportistas que somos nos pedimos un par de cervezas. Hay esperanza, hay un par de pensiones bastante bien de precio pero cuando vamos a buscarlas, resulta que en la primera nadie abre la puerta aunque se oye la radio dentro y la segunda ni siquiera existe ya (aunque puedes reservar por booking.com). Preguntamos en un guesthouse que hemos visto por el camino y un hombre, desde la ventana, nos dice que ya no trabajan pero baja y nos ofrece una habitación con baño compartido por 25 euros e intenta convencernos de ir a cenar a un restaurante de unos conocidos donde nos harán descuento. Le preguntamos por un hotel más barato y nos dice que solo hay uno pero que es viejo y nos van a cobrar lo mismo que él, aún así, vamos a preguntar: resulta ser un hotel nuevo con un restaurante bastante bueno y, efectivamente, nos quieren cobrar lo mismo pero por una habitación matrimonial con baño. Desgraciadamente sigue siendo mucho para nuestro presupuesto así que llenamos las botellas de agua y nos pegamos una bajada de casi tres kilómetros hasta la playa que está desierta excepto por todos los pescadores y los coches que pasan continuamente para ir a un pequeño puerto pesquero que hay a un lado de la playa.

Recorremos los alrededores de los restaurantes cerrados de la playa y encontrarnos un lugar entre un muro y un anuncio de una lata gigante de Coca-Cola para acampar pero aún es de día y nos vamos al único restaurante abierto a esperar que sea oscuro. Para nuestra sorpresa los precios de la carta no están nada mal y decidimos darnos el lujo de cenar pasta con boloñesa y cerveza además después de aprovechar los baños para lavarnos y cambiarnos de ropa, el Wi-Fi y que nos llenen el termo de un litro de agua caliente, la cena resulta más barata aún. A eso de las ocho de la noche salimos a la oscuridad y montamos la tienda para irnos a dormir porque queremos levantarnos temprano, antes de que empiecen a llegar los pescadores y todos los coches.

Al día siguiente recogemos y desayunamos en poco más de media hora. Con todo cargado solo avanzamos cinco metros porque mi rueda trasera está pinchada. Siempre compruebo las bicis por la noche y por la mañana por si tengo que arreglar o regular algo antes de cargarlas… y la rueda estaba bien. En fin descargo la bici y pongo una cámara nueva y por fin partimos. Elegimos ir por un camino de montaña en lugar de empujar los tres kilómetros de cuesta que bajamos ayer y atravesar toda la ciudad aunque tengamos que empujar las bicis por el camino será más bonito y así es. Muy duro empujar las bicis pero al llegar a la cima sabemos que ha merecido la pena: las vistas del mar y los acantilados que lo rodean. Seguimos con la incertidumbre de no saber si el camino tiene salida a algún pueblo o nos toca dar media vuelta hasta que vemos unas casas a lo lejos y salimos a una carretera y de allí a otra carretera costera con viento de frente que nos lleva hasta Balchik.

No hemos hecho ni veinte kilómetros pero nos gusta tanto el pueblo que decidimos quedarnos. En un hotel delante del mar negociamos un precio muy bueno por una habitación que resultó que tenía un balcón donde secar la colada y cocina. Para amortizar los gastos propongo hacer la cena de las lentejas que llevamos y yo odio las lentejas, me como un plato y medio pero siento como si hubiera comido cinco platos a rebosar.

Balchik es un pueblo que tiene 2600 años de antigüedad siempre eclipsado por otras ciudades cercanas. Hoy en día es un pequeño municipio al que aún no ha llegado la explotación turística y puedes pasar la mañana perdiéndote por sus empinadas callejuelas empedradas mientras acaricias a las decenas de gatos que te encuentras a tu paso para luego bajar al paseo marítimo y disfrutar del olor del mar mientras paseas o sentarte en una terraza a tomar algo o a comer pescado fresco. Nosotros hicimos las dos cosas porque no todo van a ser sacrificios como el de las lentejas.

Es un pueblo tranquilo y muy agradable aunque no tiene largas playas de arenas blancas, tiene un gran bulevar que recorre toda la línea costera. Está muy cerca de otras ciudades muy turísticas y las construcciones de bloques de apartamentos y hoteles en primera línea del mar ya está en proceso o sea que date prisa si quieres disfrutarlo como nosotros lo hicimos.

Salimos de Balchik por el paseo costero aunque la dueña del hotel nos dice que un trozo se derrumbó pero aún se puede pasar a pie. Al llegar al derrumbe se puede pasar pero a los cien metros hay más desperfectos y es imposible pasar con las bicis cargadas, así que retrocedemos un poco y cogemos una pequeña carretera que también ha tenido un derrumbamiento y tenemos que descargar las bicis y hacer unos cuantos viajes para llevarlo todo al otro lado a unos veinte metros, hasta que llegamos a la principal.

Pasamos por unas ciudades muy explotadas para el turismo con largas playas y grandes hoteles en primera línea. Después de unos 50 kilómetros llegamos a Varna donde queremos coger un autobús hasta Burgas donde tenemos reservado un hostal. Según nos han dicho no hay camino por la costa y por el interior, además de ser montañoso no es nada especial. Lo mejor es coger un autobús y no hay problema con las bicis.

Las mujeres de las ventanillas en la estación son la antipatía personalizada y no hablan ni una sola palabra que no sea búlgaro o así lo hacen ver con su comportamiento. No hay problema con las bicis si hay autobús pero como solo hay minibuses pues tenemos un problema hasta dentro de dos días que, probablemente, haya un autobús hacia Burgas. Kasia está bastante cabreada por el trato recibido (y con mucha razón) y le propongo buscar la estación de tren. Encontrarla es toda una odisea pero después de hacer unos cuantos kilómetros a través de Varna la encontramos. Las taquilleras son iguales que las anteriores, parece que nos hacen un favor al vendernos los billetes. Por increíble que parezca no hay tren directo entre Varna que es la ciudad más grande de la costa y la tercera del país y Burgas que es la segunda más grande de la costa y la cuarta del país.

Llegamos a las ocho y media de la noche después de una revisora simpatiquísima en el primer tren que estaba pendiente de que bajáramos en la parada correcta, su homólogo antipatiquísimo en el segundo tren y una demostración de autoridad de un policía que nos pidió la documentación y comunicó por teléfono nuestra descripción para que vigilaran si bajábamos en la estación de nuestro destino.

Y aquí estamos, dos días en Burgas. En el hostal más barato, en una habitación pequeña que solo usamos para dormir porque nos pasamos el día paseando por las calles peatonales o en el Café-Bar“Celona” haciendo una criba de Warmshowers y Couchsurfing en Estambul (20 de los primeros y 35 de los segundos sin éxito hasta ahora) y escribiendo este post. Pero no me malinterpretes Burgas es ideal para pasear por el casco antiguo o por la playa pero el clima actual (viento y lluvia) le quita ese encanto.

Mañana, si el clima lo permite, atacaremos los ochenta y pico kilómetros de montañas que nos separan de la frontera turca.


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Víctor

Atípico español, que no aguanta los toros, el fútbol, el flamenco y el calor. Le encanta el invierno y la cerveza fría. Profesor de español de vocación. Un cabezota que siempre tiene su opinión. Manitas comparable a MacGyver, con cinta, cuerda y un cuchillo arregla casi todo y con pegamento, todo. Cuando coge un libro, el mundo no existe. Bueno, lo mismo pasa si se pone a acariciar a perros y gatos. Se levanta y se despierta al mismo tiempo. Vamos, un tipo majo 😀

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