Pangong

El lago Pangong, la vida a 4200 m. de altitud

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El lago Pangong es una de las mayores atracciones que hay en Ladakh y con razón; situado a 4200 metros de altitud, rodeado por picos, muchos de ellos, de más de 6000 metros y con aguas de cientos de tonalidades de azules.

La mayoría de los turistas hindúes sólo llegan hasta el principio del lago donde se rodaron algunas escenas de una famosa comedia de Bollywood titulada “3 idiots”, se hacen las fotografías de rigor y vuelven a Leh. Reconozco que el lugar tiene unos paisajes muy bonitos y fotogénicos pero los cientos de turistas merodeando por sus orillas estropean cada fotografía que quieras hacer. Si miras en dirección opuesta al lago te encuentras con decenas de restaurantes y tiendas construidos de cualquier manera; caros, sucios, cutres y todos con el mismo nombre, el de la película. Un poco desconcertante. 

La siguiente parada en el lago, es el pueblo de Spangamik donde llegan las excursiones que se quedan a pasar una noche. El pueblo no es nada del otro mundo, las vistas son espectaculares, hay un par de lodges y decenas de campings de lujo, lo más cerca posible del lago, con “tiendas de campaña” equipadas con camas, mesitas con sillones, cuartos de baño privados y, en algunas, calefacción; y sólo por unos 50 dólares la noche. Estos campings pueden estropear un poco el efecto de sentirte en un lugar tan privilegiado y alejado de todo.

Pangong

Maan es el siguiente pueblo, está a diez kilómetros de Spangamik y es la última parada del autobús. Hay un gran camping de lujo que suele estar reservado para alguna excursión y unos cuantos homestays. No hay tiendas, ni restaurantes o bares; sólo 150 habitantes, unas cuantas vacas y yaks. Puedes pasear por el pueblo y disfrutar de las sonrisas y saludos que te brindan hasta los niños más pequeños al salir de la escuela, pasear por las orillas del lago, contemplar las montañas que te rodean o las extensas playas de la otra orilla. Es un lugar para descansar de las prisas, del estrés, de Internet, de la gente que quiere algo de ti y disfrutar del silencio en esos parajes que sólo la naturaleza es capaz de crear. Allí y así pasamos tres días.

Pangong

Cuatro generaciones

Bajo el techo de nuestro homestay viven cuatro generaciones. La más joven; una niña de diez meses y su hermana de cinco años que lo mismo está ayudando a cuidar de su hermana, haciendo los deberes, jugando con una simple botella de plástico o trasteando en el smartphone con su abuelo. La segunda es la madre de las niñas, profesora de primaria para la mitad de los doce niños que hay en la escuela y encargada del homestay ya que sus padres (la tercera generación) no hablan inglés y se dedican a cuidar de las vacas, de los yaks y de un poco tierra que tienen para cultivo. La cuarta generación es una mujer de 83 años, aunque por el trabajo duro y vida que ha llevado a esas altitudes y con ese clima, aparenta tener veinte o treinta más. Lo único que no tapan sus ropajes son el rostro surcado por profundas arrugas y sus ajadas y artríticas manos. Afortunadamente tiene a toda la familia para cuidarla y se puede pasar todo el día rezando fuera de casa o mirando como trabaja su nieta y como juegan sus bisnietas.

Un día cualquiera

A pesar de que, actualmente, disponen de bombonas de gas, agua potable y electricidad gracias a paneles solares el día empieza temprano para aprovechar las horas de luz y calor;  a las cinco y media ya están en pie.

Las mujeres calientan leche y agua. Preparan el té con leche, azúcar y; a veces, mantequilla. Este “brebaje” es muy típico en esos climas porque, además de la glucosa y de entrar en calor, les proporciona la grasa que necesitan ya que pocas veces comen carne. Mientras tanto preparan el desayuno consistente en una gran cantidad de chapatis. Todo lo hacen en ollas a presión y luego lo ponen en termos para minimizar el gasto de las bombonas de gas ya que hay que traerlas de muy lejos o del estiércol de las vacas que después de secarlo utilizan como combustible.

Padma, nuestra anfitriona, es una de las dos profesoras que hay para los doce niños del pueblo. Los alumnos, su hija de cinco años incluida, aprenden el idioma local, hindi, urdu, inglés y el resto de asignaturas como matemáticas, ciencias naturales y sociales, etc… Las clases son de lunes a sábado de diez de la mañana a cuatro de la tarde con una hora de descanso para comer. Mientras tanto los padres de Padma se van a ocuparse del huerto y de los animales. Su dieta está basada en lentejas o habichuelas con diferentes tipos de chapatis o arroz y algunas verduras durante la corta temporada en la que pueden cultivar la tierra antes de las heladas.

Por la tarde es la hora de pasar tiempo con la familia en la cocina (la única estancia caliente). El abuelo ayuda a la nieta a hacer los deberes y juega con ella. Nuestra anfitriona nos pregunta por nuestro día y responde a todas las preguntas que le hacemos sobre la vida en esas tierras hasta que llega la hora de la cena y sorprendidos vemos como la hija de cinco años observa y ayuda en todo lo que le pide su madre, tanto para cuidar de su hermana como para cocinar. Aquí no existe la costumbre de alejar a los niños de los fuegos de la cocina, aquí aprenden desde pequeños porque en pocos años tendrán que trabajar en casa como cualquier adulto.

Pangong

A la hora de dormir, todos se acuestan en colchones en la cocina, alrededor de la estufa que hace de cocina y calefacción. Incluso la niña que se levanta a las seis de la mañana y está todo el día activa se va a dormir a la misma hora que los demás, entre las diez y las once de la noche.

Pangong

Normalmente los pocos turistas que llegan hasta Maan lo hacen para una noche y se van temprano. Nos dimos cuenta el primer día al ver que no sabían que “hacer” con nosotros, la mujer nos ofrecía té constantemente y el hombre dejó de cuidar a los animales para venir a hacernos la comida pero creemos que a ellos les gustó que alguien que va hasta tan lejos no se contente con hacer unas fotos del lago y se marche sino que se quede un poco más de tiempo y se interese un poco por su vida y sus costumbres. Al menos así interpreto yo sus sonrisas.


Más fotos de Pangong aquí.


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Víctor

Atípico español, que no aguanta los toros, el fútbol, el flamenco y el calor. Le encanta el invierno y la cerveza fría. Profesor de español de vocación. Un cabezota que siempre tiene su opinión. Manitas comparable a MacGyver, con cinta, cuerda y un cuchillo arregla casi todo y con pegamento, todo. Cuando coge un libro, el mundo no existe. Bueno, lo mismo pasa si se pone a acariciar a perros y gatos. Se levanta y se despierta al mismo tiempo. Vamos, un tipo majo 😀

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This Post Has 2 Comments
  1. Amigo Víctor , es demasiado gusto saludarte, quiero contarte que solo gracias a tus palabras y a que por estas sentí que llegar hasta la villa de Maan iba a ser una real aventura de esas que me gusta vivir, pudimos conocer a gente maravillosa, por sorpresa alojarnos y compartir con las mismas hermosas personas que tu fotografiaste y pudimos sentir su energía, ademas de retarnos a hacer el camino desde Leh hasta Maan a dedo y vivir experiencias que nunca habíamos explorado. Gracias Víctor

    1. Hola Víctor y gracias por tus amables palabras. Siento el retraso en contestar.
      Me encanta saber que mis palabras te animaron a descubrir esa increible región, después de dos años de viaje, Ladakh sigue siendo nuestro nuestro segundo lugar favorito por sus gentes, por sus paisajes y por todo lo que vivimos allí.
      Me alegra saber que te alojaste con la misma familia, son entrañables y se merecen todo el apoyo económico que podamos darle. A veces aún pensamos en la abuela que nos sonreía sin descanso y en las horas pasadas jugando y “aprendiendo” con la niña.
      Un saludo desde Perth y espero que sigas leyendo nuestras peripecias por este mundo.

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