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Los últimos Días Me Siento Rara

Los últimos días me siento rara

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Últimamente me encuentro un poco rara. Nunca he sido muy comilona pero estos días no me apetece comer nada. Las personas con las que vivo lo saben y todos los días me suben mi cama a su habitación y me dejan dormir con ellos.

Hace tiempo tenía compañeros y cuando salía al jardín me iba por mi cuenta a cazar lagartijas y avispas pero, ahora que estoy sola, prefiero salir acompañada de una de las personas y pasear a su lado. No corro porque me duelen las patas. Me falta la respiración enseguida y me siento cansada.

Hacía mucho tiempo que sólo había dos personas pero hace poco volvió Kasia, la persona que me encontró en la calle y Víctor que siempre viene con ella. Me gusta mucho Víctor aunque el primer día le ladré mucho el insistió en ganarse mi confianza y lo consiguió al rascarme detrás de las orejas (me encanta que me rasquen ahí). Es una de mis personas preferidas: me acaricia y cuando estaba en plena forma jugaba conmigo a perseguirnos en el jardín. También fue él quien me dio por primera vez la mejor comida del mundo: jamón serrano (se me cae la baba de pensarlo).

Estos días ha habido veces que no podía aguantarme de pie y, sin pedirlo, me han cogido en brazos y me han dicho: “No te preocupes. Tranquila, yo te llevo”. La primera vez que me pasó, me asusté mucho porque no sabía que pasaba. La verdad es que sigo asustada porque no sé que me pasa pero sé que mis personas me cuidan y me ayudan en todo lo que pueden.

Ahora tengo un paseo en coche todos los días para visitar una persona vestida con una bata blanca que me habla con cariño y me acaricia. También les oigo hablar con caras muy serias de “cáncer avanzado” y “antes de que sufra” mientras me miran de reojo. No lo entiendo porque al momento me acarician y me sonríen aunque, a veces, se les escapa una lágrima y yo no quiero que lloren. Estoy aquí para hacer que se sientan felices, que se rían y que se tumben en el suelo conmigo a jugar. ¿Qué está pasando?

Durante unos días me he sentido mejor. En casa me dan trozos de salchicha varias veces al día o jamón serrano aunque a veces encuentro una bolita blanca en medio y tengo que escupirla porque sabe muy mal y sabes qué pasa entonces… ¡me dan otro trozo!

Hoy me he despertado agotada. No duermo bien. Me despierto en mitad de la noche porque me ahogo. No puedo ni pensar en la comida. Tengo mucha sed pero no tengo fuerzas para ir hasta mi plato. Y, como esperaba, mis personas me han acercado el agua hasta mi boca. No te imaginas lo que ha sido para mí. Me siento como una princesa a la que le traen todo en bandeja.

Se han puesto muy tristes y casi llorando se han puesto a llamar por teléfono: “Sí, sí. Esta noche”. Me he pasado casi todo el día durmiendo y cada vez que despertaba, me hablaban, me acariciaban y preguntaban cómo estoy. Veo sus lágrimas y me preocupo. Me duele verlos así pero no tengo fuerzas para acercarme y hacerles sonreír. ¿Qué pasará esta noche?

Es mejor de lo que esperaba. Por la noche ha venido la persona con bata a la que íbamos a visitar últimamente. Le he dado un buen lametón en la mano mientras me sostenía la pata y ha dicho algo sobre “calmante” y “despedirse” y ha salido de la habitación.

Mis cuatro personas se han quedado conmigo, en el suelo, acariciándome y llorando. Me siento rara. Les lamo las manos y las caras cuando me besan. Estoy en la gloria pero no puedo mantener los ojos abiertos. Me dicen que soy preciosa, que soy muy buena y pronto voy a ver a mis antiguos compañeros. ¡Cómo me pesan los párpados! No quiero dormir. Quiero quedarme con todos ellos; así alrededor de mi cama. Es fantástico pero no aguanto. La cabeza me da vueltas. Les oigo y me concentro en no cerrar los ojos, me concentro en sus voces. No puedo.

Ya no me duele nada. Respiro profundamente y me siento genial. Mis personas no están pero veo a todos mis antiguos compañeros y a otros que no conocía. Corremos como locos por nuestro gran jardín. Les persigo. Me persiguen. Las avispas que cazo no me pican.

Vuelvo a casa y veo a mis personas llorando. Oigo “Era el momento”  y “No se podía esperar más”. Les ladró: “Estoy aquí”. No me oyen. No puedo lamerles, ni apoyar la pata en ellos.

Les ladro prometiendo que me quedaré con ellos. A su lado. Protegiéndolos. Igual que ellos han hecho conmigo. Me quedaré con mis nuevos amigos ahí mismo. En el jardín.

De alguna manera que desconozco; sé que me han oido. Sé que lo saben.

Cuando estábamos en China, Misia (la última perra que tenían los padres de Kasia) enfermó. Le detectaron un cáncer muy avanzado y la operaron. En pocos meses recayó y al volver de España pasó sus últimos días como aquí he escrito.

No deseo que descanse sino que corra por el jardín junto a sus viejos amigos: Zoja, nuestra boxer, el multirracial Szary y sus nuevos amigos: Ares el boxer y Furia la pastora alemana.


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Víctor

Atípico español, que no aguanta los toros, el fútbol, el flamenco y el calor. Le encanta el invierno y la cerveza fría. Profesor de español de vocación. Un cabezota que siempre tiene su opinión. Manitas comparable a MacGyver, con cinta, cuerda y un cuchillo arregla casi todo y con pegamento, todo. Cuando coge un libro, el mundo no existe. Bueno, lo mismo pasa si se pone a acariciar a perros y gatos. Se levanta y se despierta al mismo tiempo. Vamos, un tipo majo 😀

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Esta entrada tiene 2 comentarios
  1. Cuanto amor hay en este hermoso cuento. Porque para eso están los cuentos, para congelar en la magia del corazón los momentos más intensos, más hermosos y si, también los más tristes. Y yo os veré en el jardín jugando con Misia y sus amigos.

    1. Siento la tardanza en contestar pero la conexión en Myanmar es muy mala. Desgraciadamente no es un cuento. Los animales al igual que las personas mueren. Muchas veces sólo tenemos nuestra visión de los hechos, lo que nosotros hemos sentido y sufrido por ese ser querido pero me encanta pensar que para Misia esos momentos finales fueron felices al estar rodeda y “consentida” por todas las personas a las que quiere y le quieren.

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