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Historias Del Camino, Diferentes Rostros Del Trekking

Historias del camino, diferentes rostros del trekking

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Mientras estábamos haciendo el trekking a menudo hablábamos sobre, llegado el momento, cómo escribiríamos el post; nos parecía un poco aburrido describir que un día subimos 1300 metros y el siguiente bajamos 800 y así durante tres semanas (aunque al final sólo fueron nueve días). Conforme pasaron los días se fraguó en mi cabeza que lo mejor sería escribir sobre las personas con las que nos hemos cruzado; tanto otros extranjeros como nosotros como algunos de los locales con los que pudimos hablar un poco.

Como yo soy un poco perro y voy más atrasado con mis escritos, Kasia me adelantó y lo escribió tan bien que he decidido traducirlo para vosotros que no entendéis polaco (sólo es la cuarta lengua más difícil del mundo). Espero que os guste tanto como a mí y a nuestros lectores polacos:

“El trekking en los Himalayas no es sólo paisajes y cansancio. También, y sobre todo, son las personas que conoces en el camino. Pienso igualmente en los habitantes y en otros turistas. De hecho este aspecto de nuestra travesía creo que es el mejor y el más auténtico. Tuvimos ocasión de hablar con guías, porteadores, habitantes de las aldeas y con diferentes, de verdad diferentes, turistas.

Vida tras los terremotos

Aunque ha pasado un año desde los terremotos, muchas casas parecen como si la tierra hubiera temblado ayer mismo. Casas en ruinas y gente viviendo en tiendas de campaña, esas imágenes me vienen a la memoria del primer día de travesía. Salimos de Shivalaya y nuestros ojos vieron una casa, que por un lado parecía normal. Cuando la rodeamos resultó que sólo dos muros aguantaban un techo a punto de caer. El resto, simplemente no estaba.

Alrededor de la casa se movía un matrimonio de ancianos colocando ladrillos y capas de cemento. Sólo ellos. Una mujer y un hombre a los que les temblaban las manos del duro trabajo que realizaban. Con pocas palabras en inglés y por señas conocimos su historia. Cuando la tierra se sacudió, se derrumbó todo su mundo. Lo perdieron todo; sus valiosas cuatro paredes y su pequeño corral. Como primera y última ayuda vino una organización humanitaria que les puso, al lado de los restos de su casa, una tienda de campaña donde duermen hasta hoy día.

Ha pasado un año y todo indica que aún tendrán que vivir en la tienda de campaña naranja. La reconstrucción de la casa va despacio porque el viejo matrimonio no tiene fuerza ni medios. Lo hacen todo con sus propias manos, aprovechando para ello lo que queda de su arruinada casa. Reciclaje en su forma pura. Del gobierno no recibieron nada y ahora nada esperan. Los años vividos les enseñaron, entre otras cosas, que deben contar sólo con ellos mismos aunque con orgullo nos enseñaban que tienen tres cabras, agua y el uno al otro; y eso es riqueza. Por desgracia, no hice fotos, no quería estropear la atmósfera que hubo durante unos minutos entre nosotros.

La gran aspiración, ser guía pero primero porteador

Ese día nos esperaba una dura subida. Desde Kinja más de 1300 metros de subida por caminos para nepalíes. Empezamos muy temprano y, a los pocos minutos, nos dimos cuenta de que a nuestro ritmo iba un porteador que llevaba a la espalda un pesado saco. Resultó que el hombre no era un porteador; a la espalda llevaba un saco de 50 kilos de cemento. Cemento necesario para reconstruir su casa que quedó en ruinas después del temblor. Como el viejo matrimonio, ese hombre contaba sólo consigo mismo.

Pero no de eso tenía que escribir. Tenía que escribir sobre un joven inteligente y trabajador, que es el único medio de mantenimiento de su familia. Tiene veinte años y sueña con eso, llegar a ser guía. Pero en Nepal no es tan fácil llegar a ser guía, un guía es alguien que ha llegado lejos, alguien al que respetan, alguien que gana dinero y que los turistas escuchan.

Por eso muchos jóvenes, como nuestro conocido veinteañero, no sueña con otra cosa. Ven la profesión de guía como el trabajo de sus sueños, tanto que olvidan que la forma para llegar a ser guía no es un camino de rosas. Sobre eso nos hablaba el futuro guía que conocimos; de que primero hay que trabajar como porteador. Si te gusta el matador trabajo de llevar a la espalda productos que pesan desde cuarenta hasta cien kilos, si el cuerpo aguanta esa carga y si se tiene las amistades correctas, se puede ascender y formar parte de algún grupo de porteadores alquilados por turistas.

Así a veces puede ser mejor. Si se tiene suerte, quizás sean un par de mochilas de unos treinta kilos o con muchísima suerte sólo sea una mochila, eso sería un lujo. Y todo esto por dos o tres dólares al día (esto no lo dijo el joven porteador sino los turistas a los que acompañaba). Acompañando a los turistas se puede mejorar el inglés (si los turistas son abiertos a interactuar), iniciar contactos con guías y eso puede abrir muchas puertas pero eso es un largo camino y muchos kilómetros de portear. Sólo para los más fuertes y los más determinados.

El guía que acompañaba a unas alemanas que conocimos en el lodge entre Taksindu y Nunthala nos enseñó una pequeña calva encima de la frente producida por los años de trabajo como porteador. La carga se lleva al espalda y se aguanta en dos lugares: desde abajo con los brazos y desde arriba con una gruesa cinta con la que rodean la carga por debajo y el otro extremo lo apoyan en lo alto de la cabeza. Él tuvo mucha suerte porque como porteador sólo trabajó cinco años y su columna vertebral está bastante bien aunque tiene dolores por la parte superior. Estaba empeñado en llegar a ser guía y lo consiguió. Ahora el único problema es que está muy poco en casa aunque, por otro lado, significa que tiene trabajo.

Carrera contra el tiempo y contra el cuerpo, en un día haré tres

Conocimos a Dave el quinto día de nuestra travesía, después de la asesina subida desde Kinja. Ese día nos fue muy bien, la subida fue ligera y sólo nos quedaba la bajada. Dave nos alcanzó en una larga fila de piedras donde rezan los budistas cerca de Dagche. Cuando nos dijo que en un día había hecho lo que a nosotros nos llevó dos y medio, no podía creerlo. Otros turistas nos confirmaron luego su historia. Dave casi no se mantenía en pie y bajaba por la fuerza de la inercia. Nos cruzamos varias veces hasta que, finalmente, Dave paró a descansar. Se sentó en una piedra y no tenía fuerzas para moverse. Le preguntamos si necesitaba ayuda pero nos aseguró que no.

Nos encontramos unas horas después en el mismo lodge, nuestros ojos tuvieron una visión espantosa: los pies de Dave después de dos días de trekking; las uñas moradas y varias ampollas rotas sangrando. Durante toda la tarde Dave le explicaba a todo el mundo que iba a hacerse un día de descanso. Ninguno de los argumentos que usaba tenía que ver con el cansancio y el sobresfuerzo. Dave necesitaba la confirmación exterior de la decisión que había tomado y la recibió por nuestra parte y por el resto de las personas que habían en el lodge. Unos días después nos lo encontramos de nuevo. Después del día de descanso, Dave de nuevo hizo en un día el tramo que normalmente se hace en tres días, y después otra vez cayó agotado.

¿Plan listo? ¡Vamos!

Nuestra idea para el trekking era muy sencilla: vamos despacio, disfrutando de la naturaleza y de las vistas. En nuestro caso teníamos una gran ventaja por encima de la mayoría de los demás turistas: tiempo. No habíamos comprado billetes de vuelta, no se nos terminaba el visado. Podíamos ir a nuestro ritmo, descansar donde y cuando nos gustara. La mayoría de los turistas están limitados por el vuelo de vuelta desde Lukla. Ese fue el caso de tres eslovacos que conocimos en el autobús. Después de la cena la jefa del grupo sacó gran cuaderno y empezó a leer en voz alta cuanto debían andar cada día y hasta donde debían llegar.

En su caso no había lugar para la improvisación, todo estaba planeado al detalle. Aunque salieron juntos, sin guía ni porteador y eran sólo tres, daba la impresión de que su disciplina era como en el ejército. Rápido nos separamos porque no nos convencía en absoluto la marcha militar y tener cada minuto planeado, aunque conocerlos fue un experiencia interesante. A veces ocurre que el trekking puede parecer completamente diferente. Nos quedamos en un pequeño pueblo (Kinja) que fue bastante destruido por los temblores, nos cautivó su belleza. Pasamos la tarde en el rio, mojándonos los pies y observando la vida del pueblo.

Hemos estado catorce veces en Nepal

Después de pasar la tarde en el rio en Kinja, volvimos a nuestro lodge que tenía un gran patio con banquitos a la sombra. Nos pusimos cómodos, pedimos la cena y nos entregamos a la lectura. En menos de una hora nos saludaron con un amigable “hello”, delante de nosotros apareció un hombre delgado que resultó ser el guía de una pareja de franceses. Al momento nos aclaró que sus actuales clientes son maravillosos porque han estado catorce veces en Nepal. Les vimos al sentarse en uno de los muros del patio, lejos de nosotros y de su guía que encontró sitio en la mesa donde nosotros esperábamos la cena. Al rato aparecieron dos porteadores sobrecargados hasta el límite. Nos quedamos asombrados porque ¿cuánto equipaje puede necesitar una pareja de cincuentañeros?

Se vio que mucho porque al final eran seis porteadores (además del guía y un hombre que no tenemos claro cual era su cometido). Seis porteadores para dos personas y no porteadores con mochilas normales sino con cestas nepalíes llenas con todo lo que puedas imaginar (sillas turísticas plegables, una gran botella de gas o una olla a presión, por ejemplo). Los porteadores descansaron cinco minutos, se lavaron un poco y se dividieron en tres grupos. El primero empezó a preparar la cena; el segundo sacó una bolsa con ropa sucia, suya y de los clientes, y se pusieron a hacer la colada (los porteadores lavaron los calcetines sucios de los franceses); y el tercero, lo más difícil, montar la tienda de campaña. No es fácil montar una tienda de invierno en un patio con suelo de cemento. Después de una hora peleando con las piquetas terminaron su cometido y la tienda estaba en pie. Durante este tiempo el primer grupo terminó de cocinar y los franceses, en su escondite, empezaron a comer. Entonces los dos primeros grupos se pusieron a preparar la cena para ellos y el tercero descansaba. Cuando terminamos de cenar les cedimos la mesa a los porteadores porque no tenían donde sentarse. Los franceses se sentaban solos en la segunda mesa.”

Una pequeña reflexión sobre el último párrafo

Hasta hoy día me pregunto si a los franceses les gusta tanto Nepal, por qué no aprovechan la ocasión de hablar con alguna de las ocho personas que les acompañaban; podían saber algo de sus vidas, sus costumbres, sus sueños para el futuro; pero no, los franceses se sentaron aislados de todos y esperaban a que les sirvieran en bandeja (literalmente) el té y la cena. Su guía habló más con nosotros que con sus clientes y creo que los porteadores nos sonrieron y nos respetaban más a nosotros que esa pareja que les proporciona su medio de vida.


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Víctor

Atípico español, que no aguanta los toros, el fútbol, el flamenco y el calor. Le encanta el invierno y la cerveza fría. Profesor de español de vocación. Un cabezota que siempre tiene su opinión. Manitas comparable a MacGyver, con cinta, cuerda y un cuchillo arregla casi todo y con pegamento, todo. Cuando coge un libro, el mundo no existe. Bueno, lo mismo pasa si se pone a acariciar a perros y gatos. Se levanta y se despierta al mismo tiempo. Vamos, un tipo majo 😀

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