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Balat, Fener Y Eyüp: La Cara Oculta De Estambul

Balat, Fener y Eyüp: la cara oculta de Estambul

Merhaba. Günaydın. (Hola. Buenos días). Saludamos al viejo propietario de nuestra tienda habitual de verduras. Aunque solo unos pasos nos separan de la calle Vodina, la arteria principal y mayor atracción turística de los barrios de Balat y Fener, es una tienda pequeña. Más parece una plaza de garaje donde expone las verduras que compra sin intermediarios a los agricultores; esas verduras que no son tan bonitas para venderlas en los supermercados ni en los puestos de algún mercado semanal. 

Ya conocíamos esta zona y, aún sorprendidos por lo que ha cambiado (ahora hay excursiones de grupos), seguimos encontrando esos lugares que tanto nos gustan: tiendas de barrio, casas de té, ropa tendida al sol delante de las puertas de las casas, descansillos entreabiertos con decenas de zapatos, el carrito del bebé y la bicicleta del vecino de arriba…

Balat y Fener

Estamos en la gran metrópoli que, con sus más de quince millones de habitantes, nunca duerme. Pasado y presente chocan, se unen y conviven. La ciudad de los contrastes, de las mil y una caras. Puente (no solo físico) entre Europa y Asia… Estamos en Estambul.

Balat, el antiguo barrio judío

Balat es uno de los barrios más históricos de Estambul. Aquí vivían principalmente judíos expulsados de España hasta que emigraron ante la creación del estado de Israel.

Durante años los judíos convivieron con otras minorías cristianas y algunas familias otomanas, aunque en sus calles predominaban las sinagogas. 

Actualmente ningún judío vive en Balat y solo se conservan dos sinagogas en activo (más bien en modo de espera) que abren sus puertas solo en fechas señaladas para los pocos seguidores de la fe judía que habitan en otras zonas de la Estambul.

Fener, el antiguo barrio ortodoxo

Fener también es uno de los barrios más históricos de la capital. Tras la conquista de Constantinopla, los otomanos obligaron a los ortodoxos a abandonar su sede Hagia Sofia que hoy es una de las mezquitas más visitadas por los turistas que acuden en masa a Estambul. Después de varios traslados, acabaron estableciéndose en el barrio de Fener.

Durante años los griegos ortodoxos habitaron este barrio y construyeron grandes y lujosos edificios (esos que hoy día se están rehabilitando) hasta que a principios del siglo XIX huyeron a otros barrios por temor a las represalias del gobierno ante la guerra de independencia griega… nunca más volvieron a Fener.

Hoy en día solo queda una reducida comunidad ortodoxa en el barrio a pesar de que en Fener sigue estando la sede del Patriarcado Ortodoxo de Constantinopla.

Balat y Fener en la actualidad

Hasta hace pocos años poco quedaba en Balat y Fener de su pasado dorado. Las construcciones viejas, algunas en ruinas e inhabitables. Eran dos de los barrios más conservadores de la ciudad habitados casi en exclusiva por musulmanes; solo en sus extremos, cerca de lo que quedaba de las murallas de Teodosio subsistían decenas de familias de refugiados sirios, tanto católicos como musulmanes.

Balat y Fener

Todo está cambiando en los últimos años. Desde 1999 la Unesco decidió invertir en uno de sus “protegidos” y años después el gobierno turco hizo otro tanto por estos barrios. El resultado, por ahora, son grandes contrastes en los barrios de Balat y Fener. Entre las cafeterías, galerías de arte, tiendas de comida “eco” y ropa vintage dedicadas a los jóvenes hípsters con barbas arregladas hasta el infinito aún se encuentran las pequeñas tiendas de barrio, las casas de té pobladas hasta la acera únicamente por hombres que matan las horas fumando y bebiendo litros de esta infusión, pequeñas tiendas dedicadas a vender baklava a precios para sus habitantes y no para el turista que cae por allí por pura casualidad. 

Las populares casas reconstruidas y pintadas de colores comparten vecindad con viejas casas unifamiliares de madera o ladrillo que no han sido reformadas ni una vez desde que se construyeron hace décadas. Por sus calles hay jóvenes (y no tan jóvenes) vestidos, peinados y arreglados a la última moda pagando con sus aplicaciones del teléfono y hombres vestidos a la manera tradicional, con sus gorros, sus trajes y sus bastones; y mujeres con sus coloridos pañuelos y vestidos o de negro de los pies a la cabeza. Una de las pocas cosas que estas dos realidades tienen en común son los vendedores ambulantes de simit expuestos en una bandeja que llevan sobre sus cabezas. 

Aquí no hay pretensiones. La realidad unas veces está a la última y, otras, es fea, vieja, decrepita. No sé tú, pero, nosotros preferimos la fea; las casas con grietas en las paredes en lugar de bonitos grafitis. Decimos “no” a las cafeterías modernas y “sí” a la casa de té donde el dueño sustituye los bajos taburetes por sillas con respaldo especialmente para nosotros, los únicos clientes extranjeros que se pasan por allí cada día a tomarse algo. Disfrutamos de los paseos por esas calles por las que solo se pasa en dirección a las cafeterías de moda, a las tiendas de ropa y a los restaurantes caros.

Balat y Fener

Eyüp, más allá de las murallas

Más allá de las antiguas murallas se extiende el barrio Eyüp, pero no es su mezquita (Eyüp Mesjid) ni el cercano mausoleo (Eyüp Ensari) lo que nos interesaba sino el cementerio. Si eres habitual en este blog ya sabrás que somos un poco frikis con el tema de los cementerios. No, no es que seamos góticos, satánicos ni nada parecido; simplemente los cementerios nos parecen lugares interesantes para aprender algo de la cultura del lugar que estamos visitando.

El cementerio de Eyüp es el segundo más grande de toda Turquía. Las colinas que ascienden desde la mezquita están sembradas de lápidas, mausoleos y gatos. El caos aparente que se ve desde abajo desaparece, una vez arriba, gracias a caminos que descienden escalonadamente. Para ahorrarte la subida hay un teleférico desde las inmediaciones de la mezquita hasta la conocida cafetería Pierre Loti aunque nosotros hicimos caso omiso a todas las guías y recomendaciones de pedirnos un vaso de té debido a los precios abusivos. 

Desde arriba las vistas del Cuerno de Oro deben ser magníficas, si no se tiene el sol de frente como nos ocurrió a nosotros. Aún subimos un poco más disfrutando del ambiente en soledad; pocos (ni siquiera los locales) van más allá de la cafetería. Muchos de los pocos turistas que van hasta allí ni siquiera bajan andando, recorriendo los caminos entre las tumbas rodeadas de cipreses y las decenas de gatos que se acercan en busca de comida y caricias. 

Ya abajo desembocamos en una gran plaza pública junto a la mezquita donde parece concentrarse toda la gente y las tiendas. Aquí no se ven jóvenes hípsters; solo gente de la tercera edad sentada en bancos o alrededor de alguna mesa jugando. Nos sentamos en un pequeño murete a la sombra y recibimos unas cuantas sonrisas y saludos de los presentes para terminar con nuestra visita a este otro barrio olvidado de la gran Estambul.



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Víctor

Atípico español, que no aguanta los toros, el fútbol, el flamenco y el calor. Le encanta el invierno y la cerveza fría. Profesor de español de vocación. Un cabezota que siempre tiene su opinión. Manitas comparable a MacGyver, con cinta, cuerda y un cuchillo arregla casi todo y con pegamento, todo. Cuando coge un libro, el mundo no existe. Bueno, lo mismo pasa si se pone a acariciar a perros y gatos. Se levanta y se despierta al mismo tiempo. Vamos, un tipo majo 😀

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