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Tómatelo Con Calma. Slow Travel, Saboreando El Mundo

Tómatelo con calma. Slow travel, saboreando el mundo

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No es la primera vez que voy a mencionar el slow travel. Hace casi dos años ya escribí sobre la moda de viajar y hablé sobre la tendencia actual de lo “slow” para frenar el ritmo de vida que sin darnos cuenta nos hemos impuesto. También hace poco publiqué una carta para los que sueñan con viajar con más reflexiones para traerte al “lado slow” de los viajes.

Ahora es el turno de Kasia. El mes pasado publicó un post sobre qué es para ella el slow travel. Creo que sus palabras pueden remover algo en tu conciencia y por eso he decidido traducirlas para ti que no hablas polaco. Allá van:

Tres semanas. Ese tiempo tuvimos para ver la parte malaya de Borneo, la parte continental de Malasia y una corta escapada a Camboya para ver Angkor Wat. Todo estaba preparado. Billetes de avión comprados con varios meses de antelación, una lista de atracciones para ver esperando se desenlace, un descanso de dos días en las paradisíacas Islas Perhentian planeado hasta el último detalle con la reserva de una cabaña en una playa de ensueño. Cuando abordamos el Airbus en Frankfurt, me sentí como si empezara una carrera de 100 metros. Agitaba nerviosa los pies, lista para empezar a moverme y ver todo lo posible. Tres semanas de vacaciones mendigadas al jefe me hacían esforzarme para aprovechar cada momento. Había que aprovechar cada minuto del viaje y exprimir las vacaciones al máximo. Era el año 2013 y, aunque el concepto de slow travel teóricamente no me era desconocido, estaba muy lejos de llevarlo a la práctica.

Slow travel es para algunos solo un slogan. Para otros, la única forma de viajar.

Viaja despacio, sin prisas, no corras de una atracción a otra. En lugar de eso, disfruta del momento y encuentra el placer en las cosas pequeñas: observar la vida cotidiana, entrar en el ritmo de la ciudad. Mira cómo viven los locales, qué comen, dónde y cómo pasan su tiempo libre. Camina y absorbe el lugar en vez de correr y fotografiar solo lo aparentemente importante. Al final, lo que recordaremos serán las personas que conozcamos, sentimientos y emociones, sabores y olores; no un museo u otra iglesia que se supone que hay que ver sin falta.

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La Gran Muralla – mega atracción en completa soledad

Cuando el plan se va al traste…

Mi plan asiático, intrincado y organizado, se desmoronó como un castillo de naipes el primer día en la parte malaya de Borneo. Después de tachar de la lista solo algunas de las atracciones de Kuching, mis pies terminaron con ampollas gigantes. El calor húmedo e infernal y la lucha con el jet lag no nos daba tiempo para la autocompasión porque cada momento debía ser utilizado. Cuando no cuajó otra parte del plan (la cabaña en la playa de ensueño en las Islas Perhentian), me derrumbé. Las lágrimas corrían por mis mejillas y ni siquiera recuerdo si eran de impotencia, rabia, desilusión o tristeza.

¿Para qué planificar tanto si nada sale bien? Luego, cuando me senté en la acera en la no turística Kota Bharu y miré a mi alrededor, llegó la calma. ¿Realmente busco esto cuando estoy de vacaciones? ¿Tachar atracciones de una lista y seguir un plan? ¿Dónde está el momento para “estar” y para improvisar?

En la nada turística Surabaya pasamos varios días estupendos, incluyendo mi cumpleaños. Todo gracias a Couchsurfing o, mejor dicho, gracias a unas hermanas que nos enseñaron un trocito de su ciudad.

Un largo camino

No quiere decir que la idea de Slow travel, es decir viajar por libre, germinara de repente en mi cabeza cuando estaba sentada en la acera. Intuitivamente viajé de esa manera con Víctor por Sudamérica, sin un gran plan, sin Internet, sin reservas ni listas de lugares que ver. Tiempo después, ese estilo de conocer el mundo se perdió por alguna parte. Más importante era ir a la carrera para ver tanto como fuera posible. Bueno, cómo vas a ir a Malasia y no ver orangutanes, estar en Camboya y no ver Angkor Wat, La India sin el Taj Mahal, Tailandia sin Chiang Mai, Paris sin la Torre Eiffel, etc… La presión del tiempo y los limitados días de viaje hacían que mi corazón latiera más rápido; pensaba que un viajero de verdad debía ver tanto como le fuera posible.

Ya, Gabriel Bonvalot descubrió que “cuando inicias un viaje, hay que decirse que no desperdiciarás ni un solo minuto del viaje. Debería tratarse como una empresa completa, como si fuera una apuesta para dar la vuelta al mundo en 80 días. Y, a pesar de eso, en el camino uno llega a la conclusión de que puede ser paciente y no perder la cabeza como si no dispusiera del tiempo necesario. Realmente para qué sirven las retóricas, si incluso el más impaciente al final se calma y se sorprende de su lentitud. Y, al contrario, una persona equilibrada pierde la paciencia y se sorprende de su propio comportamiento infantil. De ahí la conclusión de que los viajes moldean el alma y el corazón en cierta medida, como alguien lo describió muy bien.”

Incluso donde aparentemente no hay nada que ver, puedes encontrar muchos lugares y cosas interesantes. En la imagen la pequeña Erenhot, también llamada Erlian, en China haciendo frontera con Mongolia. Estuvimos excepcionalmente bien allí.    

Poco a poco fui llegando a lo que es importante para mí cuando viajo para, finalmente, decidir que más lento significa mejor. Y es posible que te sorprendas cuando digo que viajar por libre nada tiene que ver con la cantidad de tiempo que se tiene. Inicialmente no pensaba así. Supuse que para evitar los errores cometidos en Asia, debía tener un tiempo indefinido o, en su defecto, más largo. Esto lo asociaba principalmente con no tener un billete de vuelta y no temer el final de las vacaciones (léase no tener trabajo).

Me convencí a mí misma que lo que me bloquea y lo que me impone un estilo particular de viajar es el factor tiempo disponible. Y en realidad, aunque suene pretencioso, todo depende de nosotros mismos.

No son las vacaciones (más bien la perspectiva de que se acaban) lo que determina si corremos con la lengua colgando desde el Coliseo a la Fontana di Trevi o si nos sentamos con una taza de café en una terraza y observamos la fascinante dinámica de la vida en las calles romanas. Sin embargo, para decidir lo que realmente queremos, debemos aceptar el hecho de que renunciaremos a otras cosas. Porque el slow travel a veces es algo por algo. Es una desviación de lo común y popular (aunque no siempre). Es fijarse en las pequeñas cosas, en los detalles que no tienen tanta fuerza en las redes sociales o entre los amigos.

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Durante un paseo espontáneo al estilo “vamos a perdernos a ver que encontramos”, nos topamos con un templo budista donde la mejor experiencia fueron unos niños que habían allí

Viajar ha dejado de ser excepcional y exclusivo. Ahora todos pueden ser turistas y viajeros y este cambio trae consigo consecuencias. Cuando nos vamos de vacaciones sentimos presión y no me refiero a la presión del tiempo sino más bien a las expectativas sociales de completar el plan. Ese viaje a Roma implica ver lugares específicos, tacharlos de la lista y compartirlo con los amigos, compañeros de trabajo y todas las redes sociales disponibles. Pero… ¿realmente tiene que ser así? Desde hace mucho tiempo noto el rechazo a ver lo que HAY QUE ver. Tengo la impresión de que la presión social es más importante que tus propias necesidades. ¿Realmente tengo que hacer horas de cola para entrar al Vaticano? ¿Realmente tengo ganas de entrar? ¿En qué medida es importante para mí decir a los demás que estuve en el Vaticano? ¿Hasta qué punto es lo que quiero? ¿Hasta qué punto siento que debo hacerlo porque otros lo hacen?

A veces vale la pena tomarse un momento para pensar en lo que quieres y lo que te apetece. Y lo más importante, no te preocupes si resulta que la Torre Eiffel no te llama la atención (al final no es más que toneladas de metal unidas con tuercas y tornillos). En su lugar puedes buscar tu propia “Torre Eiffel”, perderte por un momento en una nueva realidad y encontrar algo especial: un pequeño bistró en una colorida plaza, un parque escondido entre bloques de edificios, un simpático vendedor que te ofrezca panecillos recién hechos…

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Siguiente paseo estilo “vamos a perdernos a ver que encontramos”. Vida cotidiana en los alrededores del lago Inle, Myanmar

Entonces… ¿qué es slow travel?

Es un viaje consciente que, en lugar de ir contando las atracciones, se centra en conocer un lugar: en lugar de hacer un recorrido durante una semana por unas cuantas ciudades italianas, detente en una de ellas. Alquila un piso pequeño (aquí el Airbnb es perfecto – puedes registrarte en este enlace y tendrás descuento para la primera noche). El énfasis recae en la calidad, no en la cantidad. No importa cuánto veamos en tres días o si vemos todos los lugares de la guía. Lo importante es lo que experimentamos. Lo que cuenta es el contacto con las personas, los estímulos del gusto y el olfato, los paisajes, el ritmo de la vida cotidiana.

El slow travel también se trata de tener curiosidad, hacer preguntas y aprender sobre lo desconocido, sin juzgar ni criticar. Ir al mercado local: sin duda es mi atracción favorita independientemente del país en el que estemos. Mirando lo que hay en los puestos, seguro que encontrarás muchos productos que te serán desconocidos. Habla con los dependientes (aunque sea por señas), expresa interés y curiosidad. Detente y observa con calma todo lo que sucede a tu alrededor. No saques la cámara de inmediato. Primero siente la dinámica y familiarízate con el lugar.

El slow travel también es abrirse a la diferencia y encontrar el valor para ir más allá de la zona de confort y aprender cosas nuevas a diario. Observar y encontrar placeres en lo que es más simple. Cuando paseaba por uno de los mercados en Myanmar, una de las cosas más bonitas que vi, fueron unas mujeres pelando habas… una actividad prosaica y, sin embargo, las manos, trabajando a toda velocidad, de las mujeres combinadas con el bello color de la verdura tenía algo mágico.

El slow travel al final te hará darte cuenta de que no hay lugares ni cosas que hay que ver. Todo depende de nosotros. Si realmente quiero ver el Taj Mahal, no debería dudar pero la decisión dependerá de mí.

Me encantan los mercados y los bazares. Son la quinta esencia de la vida de la ciudad. Puedo pasear durante horas entre los diferentes puestos observando a los vendedores y su trabajo, absorbiendo la atmósfera del lugar. Imágenes de bazares de China, Turquía y Myanmar

A veces tengo la sensación de que el slow travel es un paso natural en la evolución de viajar. Al menos ese fue mi caso. Cuando veía lo que hay que ver, cuando veía los guetos turísticos, probaba las vacaciones en las playas de Tailandia, cuando iba por X veces corriendo con la lengua fuera de la atracción A a la atracción B, me llegó el momento de reflexión. De repente resultó que estar allí donde todos los demás, no me daba ninguna alegría. Me sentía mejor en Erenhot donde, en teoría, no hay nada que ver aparte de la frontera entre China y Mongolia que en los abarrotados y ruidosos hutongs de Beijing. Sentí que hubo una reevaluación de lo que era importante. La clave es seguir tu propio camino. Por supuesto, este camino a menudo coincide con las rutas del turismo masivo. No somos extremistas – en un par de meses volamos a Bali ;D Incluso allí se puede viajar despacio.

Espacio

Dominar el espacio es algo que me viene a la mente cuando pienso en viajar por libre. Y a veces nos es impuesto. Cuando hace dos años nuestro trekking por los Himalaya en Nepal terminó, estuvimos “atrapados” durante dos semanas en Katmandú, una ciudad que no nos gustó en absoluto. En lugar de derrumbarnos, encontramos placer en las pequeñas actividades diarias: cenar en un restaurante llevado por una familia donde, después de tres días, nos trataban como amigos; la visita a una panadería que después de las siete vendía los bollos sobrantes a mitad de precio; un café por la tarde en una pequeña cafetería llevada por tres amigos. Conocimos al personal del hotel y a los propietarios de una pequeña tienda cercana (más bien era un agujero en la pared). Caminábamos durante horas todos los días pero no en el atestado Thamel, sino en sus cercanías o, a veces bastante más lejos, buscando lugares normales y observando la vida de sus habitantes.

Katmandú también puede ser interesante

Fue similar en Bangkok. En total, pasamos casi un mes en la capital tailandesa pero puedo contar las “atracciones” vistas con los dedos de una mano. En cambio, vivíamos en una zona sin turistas, donde alquilamos un pequeño apartamento. Todos los días comprábamos en un mercado donde solo había locales y donde nunca intentaron engañarnos. Nos daba la impresión de que nosotros éramos la atracción local y todos se aseguraban de que estuviéramos contentos. Interesante inversión de roles que no nos molesto en absoluto. En lugar de movernos en el impersonal metro, viajábamos en autobuses abarrotados, bajábamos donde nos apetecía. Nos amigamos con Bangkok y sus habitantes. Todo ello lo hicimos conscientemente. Los primeros días estuvimos a tiro de piedra de la turística Khao San pero no encontramos ninguna diversión a caminar entre cientos sino miles de otros turistas. Mo vimos la vida normal, solo el espectáculo preparado para nosotros con todas las atracciones obligatorias. En tres días nos mudamos mucho más allá del centro turístico y Bangkok nos enseñó una imagen completamente distinta.

Diferentes imágenes de Bangkok

Escribir este post tiene un objetivo: alentarte a viajar por libre. La próxima vez que salgas de viaje, piensa en lo que realmente TÚ quieres y esperas. ¿Tal vez es el momento de probar el slow travel? A continuación te doy algunas ideas para viajar por libre, incluso, durante unas cortas vacaciones:

  • Quédate en una ciudad en vez de intentar ved todos los lugares importantes de un país determinado. Alquila un pequeño apartamento y siéntete como un residente local.
  • Aprovecha el house-sitting. Esta experiencia te forzará al slow travel. No te quedará más opción que conocer el vecindario y a los vecinos caminando con el perro.
  • Descubre el mercado local, lo mejor es hacerlo varias veces y ver como cambia según el día de la semana y las horas.
  • Come donde comen los locales. En Asia, asegúrate de probar el street food (¡los Night Markets tailandeses!). Los pequeños bares en España. Los bistrós en Francia.
  • Déjate llevar por tu instinto. Apaga la navegación de tu teléfono y piérdete. Ve a donde tus pies te lleven pero mantén los ojos bien abiertos. Observa todo lo que te rodea y sé generoso con las sonrisas.
  • Prueba el Couchsurfing y confía en tu anfitrión. Renuncia a las atracciones habituales y explora el lugar desde su punto de vista.
  • Siéntate en un bar o en una cafetería y observa como transcurre la vida en la calle.
  • Súbete a un autobús y bájate donde algo te llame la atención. Date una vuelta por la zona, compra algo desconocido para comer, echa un vistazo a las tiendas locales.
  • Alquila una bicicleta y sal de la ciudad. El mundo se ve diferente desde la perspectiva de una bicicleta.

Ya mencioné que no soy extremista. A veces y con muchas ganas me permito lujos turísticos, voy a grandes atracciones turísticas y las comparto con otros miles de turistas. Hago esto cada vez menos, con plena conciencia. Más a menudo, apuesto por viajar por libre a mi propio ritmo. No quiero solo verlo todo. Prefiero centrarme en algunos aspectos del lugar y conocerlos en profundidad. ¿Y tú? ¿A qué apuestas?


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Kasia & Víctor

Una polaca y un español. Llevan viajando juntos desde 2008. Fue entonces cuando se conocieron en Perú y pronto descubrierion que viajar es algo más que un pasatiempo. Locos por animales, buenos libros y estar en movimiento.

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